Helena: mi historia
Modelo y madre de dos hijos.

Hace un par de años viví un momento realmente estremecedor. Mi cuerpo estaba en apuros. Un peligro que te deja sin aliento. Estamos acostumbrados a verlo como el final. Bueno… siento que aún no lo he aceptado del todo, porque me cuesta hasta escribir la palabra.
Estaba en una sesión de fotos y, en la pausa para comer, decidí echar un vistazo rápido a los resultados de mi análisis de sangre. Abrí mi historia clínica electrónica y entonces entendí lo que significa «no dar crédito a lo que ves».
«Cáncer de mama», me gritaba en negrita. Pensé: vaya, cáncer. ¿Quizá es cáncer, pero no cáncer? ¿O algún otro tipo de cáncer? Quizá estoy entendiendo algo mal; debería preguntárselo a algún médico que conozco.
Creo que ni siquiera era miedo, sino shock. Siempre me había sentido perfectamente sana, convencida de que mi cuerpo podía con todo y de que a mí, desde luego, esto no me iba a pasar. Pero la vida tenía otros planes.
No sé cómo pasé aquel día. En mi cabeza ya me estaba muriendo: me preguntaba quién cuidaría de mis hijos, cómo saldrían adelante sin su madre, quién cargaría con todo lo que vendría después de mi muerte.
Tenía la cara pálida, la mirada perdida, estaba muy metida en mí misma. Pero en la sesión de aquel día tenía que transmitir felicidad y alegría. No recuerdo los detalles. Aunque creo que aquella sesión no me salió bien.
Más tarde, una llamada con mi hermana me hizo volver en mí. Lloraba y me reía de los nervios. No hay otra forma de describirlo.
Una semana después de la operación fui a una sesión de fotos por trabajo. Así empezó mi nueva vida. Al principio no entendía para qué necesitaba vivir esto; ¿qué se suponía que tenía que sacar de ello? Ahora siento que lo entiendo: mi vida es muy distinta, de algún modo mucho más valiosa. Sí, a todos se nos ha dado esta vida, pero tenemos que prestarle una atención especial y cuidarla. Podemos ser lo que queramos, desear, hacer y elegir el camino que queramos, pero nada de eso es posible sin un cuerpo.
Y si se nos ha dado un cuerpo, seguramente deberíamos aprovechar esta oportunidad, esta vida, y hacer todo lo posible para que nuestra alma avance hacia su sentido más alto. Así lo veo yo.
Para mí ahora está bastante claro, y no hace falta darle más vueltas.
Por eso quiero decirle algo a quien esté leyendo estas líneas:
Gente preciosa: nuestro cuerpo es nuestro instrumento, y sin él todo lo demás pierde sentido. O, mejor dicho, se vuelve imposible. Por eso me esfuerzo por tener la oportunidad de quedarme aquí un poco más, para hacer cosas importantes por mí, por mis seres queridos y, si Dios quiere, por alguien más.


Habrá quien piense que aquello no fue nada reconfortante, ¡pero para mí fue el mejor apoyo! Verás, ella me permitió morir, y yo me permití morir. Sin sentirme culpable. Es curioso, sí, sentirse culpable por la posibilidad de morir. Pero de verdad lo sentía.
Esa conversación me devolvió a la realidad: no a la reflexión filosófica, sino a actuar de verdad.
Después vinieron distintos tratamientos, la operación, la radioterapia y todo lo demás.
Y, ¿sabes?, los ángeles, Dios u otras fuerzas superiores (no sé quiénes) me guiaron por todo esto con muchísima delicadeza. Sorprendentemente, fue un proceso bastante fluido y sereno. Al menos así lo viví yo.
Había oído mucho sobre lo que puede ser tener que pasar por un montón de pruebas y exploraciones caras, mientras te mandan de un sitio a otro, con miedo y con estrés. Que los médicos pueden ser insensibles, simplemente porque lo ven todos los días y les da completamente igual que sea tu vida y que te podrías morir.
